Guardianes del agua

Un proyecto que cambió el destino de un pueblo


Una comunidad, en las faldas del volcán Galeras, está descubriendo por su propia cuenta que es posible proteger el medio ambiente y al mismo tiempo hacer productivas las fincas.

Richard Damania, un especialista en economía y medio ambiente del Banco Mundial y que va de país en país asesorando proyectos ambientales, no creyó cuando le dijeron que en las faldas del volcán Galeras, en Nariño, Colombia, una comunidad de campesinos había aceptado, sin dinero de por medio, ceder parte de sus tierras para dedicarlas a la conservación. “Esos proyectos no funcionan”, dijo.

Viajó entonces hasta allí. Recorrió la carretera, casi siempre cubierta por la neblina, que conecta a Pasto con el municipio de Consacá. En compañía de Marino Delgado, uno de los líderes de la comunidad, recorrió algunas de las fincas que participaron en el proyecto Mosaicos de Conservación y que adornan el paisaje del Cañón del Guaitara. Habló con los campesinos. Preguntó y escuchó las respuestas que ellos tenían para ofrecerle.

Entonces recuperó, como cualquiera que visite esta comunidad, la esperanza en que es posible convivir en armonía con el medio ambiente al mismo tiempo que se mantiene una economía productiva. Y deseó que en muchos otros lugares del planeta los problemas se solucionen al estilo de estos pastusos.

Cambio de una comunidad
Hace cuatro años, preocupados por la creciente presión sobre los recursos naturales de la zona aledaña al Santuario de Fauna y Flora del Galeras, el Fondo Patrimonio Natural y Parques Nacionales decidieron convocar a la comunidad y proponerles que trabajaran juntos en un proyecto ambiental.

Los campesinos bajaron de sus fincas. Se reunieron una vez tras otra durante varios meses. Discutieron. Plantearon ideas. Al final llegaron a una conclusión: “queremos proteger tres microcuencas de agua”.

No era un asunto sencillo. Marino y sus vecinos lo descubrirían día tras día. Por un lado, las grandes haciendas que alguna vez existieron en estas tierras se fragmentaron en cientos de minifundios gracias a las luchas campesinas. Cada familia hoy es dueña de un pequeño pedazo de tierra que va desde media hectárea hasta 20 en el mejor de los casos. Tocar la puerta de 37 familias, aquellas que colindaban con los nacimientos de agua, para decirles que cedieran una franja de al menos cinco metros de tierra para la conservación, sonaba a locura.

También la desconfianza estaba de por medio. “En el campo hay mucho celo. Celos ni los berracos”, dice Marino. Expoliados, amenazados, engañados una vez tras otra, los campesinos han aprendido que no hay zanahoria sin garrote.

Visitando uno por uno, “tomando mucho tinto”, como dice Cristina Paz, una experta local del proyecto, lograron el milagro. Al final, 35 de las 37 fincas aceptaron la propuesta. A cambio de ceder una franja de tierra, recibirían capacitación técnica para hacer más productiva su finca y también más ecológica. “Sabíamos que teníamos que trabajar con el corazón de la gente”, dice Marino. Y así fue.

La comunidad no volvería a ser la misma. El respeto por las personas mayores renació, porque los jóvenes tuvieron que buscarlos para preguntarles cuáles eran las mejores semillas de especies nativas. Líderes como Marino, Freddy Chaves y doña Lili Basante se robustecieron como los árboles del bosque alto andino. Revivieron las historias de los antepasados que lucharon por esas tierras. Los que viven arriba en las montañas entendieron que el agua de todos dependía de ellos. La economía comenzó a dar un giro. Los cultivos como el fríjol, el maíz y la cebada, tan contaminantes y una de las principales causas de erosión, poco a poco se están reemplazando por otros más amigables, como el café.

Renacieron los sueños. Varias fincas están en proceso de certificación ante la Federación Nacional de Cafeteros, lo que les permitirá ganar más por cada kilo de café. Y el ecoturismo apareció como una oportunidad de ingresos extras.

Hasta a los políticos oportunistas la situación se les está poniendo dura. Ya casi nadie quiere promesas y curas milagrosas para los problemas locales. Quieren “planes de gobierno”, “presupuestos”, “definición de objetivos” y “argumentos”.

“La pobreza mental”, como la llama doña Lili, “comenzó a desaparecer. Y lo más importante para Marino: “que la unión campesina es la que nos va a llevar lejos”.

Nuevos oficios en el campo
Para ejecutar el proyecto Mosaicos de Conservación, los propios campesinos decidieron formar un grupo de 21 personas que asumieron roles muy especiales.

Un grupo de mujeres se convirtió en “sabedoras”. Su tarea consiste en recuperar el conocimiento tradicional sobre las semillas de especies nativas y, en la época en que florecen las plantas, recogerlas para llevarlas al vivero.

Otro grupo tiene la misión de cultivar las semillas en viveros. Los “técnicos locales” se dedicaron a visitar las fincas y trabajar hombro a hombro con los propietarios. A los jóvenes y niños les correspondió la tarea de crear herramientas de comunicación, como un programa de radio.


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