Las Semillas Verdaderas

DE DARWIN A LIPTON


Por: Mario Mejía Gutiérrez
Diciembre de 2011

Epigrama. Lo que es no es. Mantén los pies firmes en el vacio.

Lipton, 2010.

Introducción. Este artículo se inspira en el libro de Bruce H. Lipton, Biología de la creencia: la liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros, ed. Palmyra, 2010, obtenible por internet. Prólogo de Angel Llamas. Este libro nos proporciona argumentos para bajarle la prepotencia a los transgénicos y para favorecer a las semillas ancestrales. La herencia depende del ambiente.

1. Darwin. Darwin le escribió en una carta a Moritz Wagner en 1876: “en mi opinión, el mayor error que he cometido ha sido no darle el suficiente peso a la influencia directa del ambiente (es decir, de la comida, del clima, etcétera), independientemente del proceso de selección natural”…

Darwin hoy día estaría al lado de los que creemos que uno es lo que come, y estaría al lado de los preocupados por el ambiente, el cambio climático, la ecología. Sería un subversivo de la prepotencia científica.

¿Porqué fue acogida con entusiasmo la teoría de la evolución por la vía de los más aptos? Por razones políticas, de poder, de dominación. El destino manifiesto. Era otro momento de reparto colonial del mundo, en especial África y Asia por parte de los más aptos, o sean, los europeos, los norteamericanos, los ricos. Les caía al pelo una teoría “científica” que justificara la dominación. El resto correría a cargo de la caja de resonancia llamada “educación”. La investigación biológica se encargaría de crear el determinismo genético: la creencia de que los genes controlan la biología. El tecnologicismo del siglo 20 (todo lo puede la tecnología) hereda la creencia darwinista.

2. Qué activa los genes. Lipton trae a colación el artículo Las metáforas y el papel de los genes, y el desarrollo, de H.F: Nij-hout, 1990. Nij-hout desinfla las ficciones de los cultores del ADN, quienes incluso pronostican creación de supergenios y control de enfermedades por transgénesis. Dice: “Cuando se necesita el producto que codifica un gen, es una señal del entorno, y no una propiedad intrínseca del gen, lo que activa la expresión de dicho gen”.

La célula se relaciona con el entorno mediante la membrana celular, la cual consta de miles de proteínas, las cuales interactúan entre sí (perdonen la redundancia). ¿Quién puede prever, adivinar, calcular, establecer ese universo de reacciones proteicas entre sí, al estímulo de múltiples factores del ambiente? Ni la más eficaz computadora puede manejar la diversidad de combinaciones posibles. El cuerpo humano, por ejemplo, consta de más de cien mil proteínas diferentes, y éstas de diversos aminoácidos. A su vez, los aminoácidos obran no solo de acuerdo con su propia estructura sino también mediante la diversidad de cargas electromagnéticas que los “animan”. Callahan se asomó a este punto cuando estableció su teoría de la coevolución de todos los seres dentro de campos de baja frecuencia (electromagnetismo, magnetismo, paramagnetismo, ondas de radio, ondas cerebrales…). Kervran, también, al referirse a la interacción de partículas dentro del núcleo atómico, a través de energías sutiles. Además, “el continuo cambio de forma de las proteínas, puede ocurrir miles de veces en un segundo” (Lipton).

3. ¿Cooperación o competitividad? Lipton llega a las mismas conclusiones que Lyn Margulis y Mae Wan Ho: la evolución biológica se ha dado por cooperación: “la cooperación deja atrás la evolución como acto competitivo en que sólo los más fuertes, los más aptos, sobreviven” (Llamas). Todo ser vivo es un conjunto de células, tejidos y órganos cooperantes. Uno de los ejemplos primarios de la cooperación es la fotosíntesis, donde, células que fueron protocariotas, los cloroplastos y mitocondrias, y tal vez depredadas en vida libre, cooperan entre sí en función de alimentación permanente.

4. Enfermedades. Los adoradores de la manipulación del ADN nos auguran una época de inmunidad frente a ciertos patógenos, modificando genes. En general, “las enfermedades no son el resultado de la alteración de un solo gen, sino de una compleja interacción entre una multitud de genes y de factores ambientales” (Lipton).

Del estudio de la influencia de los factores ambientales en la herencia se ocupa la ciencia de la epigenética.

Las influencias mediambientales (nutrición, estrés, cansancio, emociones…) pueden alterar genes, de donde esas alteraciones pueden ser transmitidas genéticamente.

La medicina alopática ha defendido ferozmente su monopolio sobre las prácticas de salud. Aplican sustancias y métodos que actúan sobre cada problema de salud. Pero nunca saben los “efectos secundarios” que puedan ocurrir. Es el caso patético de la quimioterapia. La física cuántica (a partir de 1945, cuando se evidenció la ciencia atómica y subatómica) indica que todo el universo consiste en la interacción de un juego de energías. Ya lo sabían los chinos hace miles de años al construir su teoría de los chakras, canalizando el chi. Así se explican las curaciones por el chamanismo, la herbaria, la quiropráctica, la homeopatía, la acupuntura, los masajes, las oraciones, los sonidos, la hipnosis, la magnetoterapia, electroterapia, nutrición esenia, vegetarianismo y demás terapias alternativas. Se puede caminar sobre las aguas y sobre el fuego.

La alopatía todavía se aparta de que la materia es una ilusión. La teoría ondulatoria de Luis de Broglie explica que la materia se puede entender simultáneamente como corpúsculo y como onda inmaterial. Ya lo había dicho el budismo decenas de siglos antes: todo es “maya”, ilusión. “El átomo no tiene estructura física, es un juego de energías, de cargas eléctricas. La materia surge de la energía”. (Lipton).

En la teoría de Kervran la energía de las enzimas puede cambiar un elemento en otro, interviniendo el núcleo.

En la teoría de Callahan todo en el universo ha evolucionado dentro de campos de fuerza. Las fuerzas no son materia, son energía.

5. Semillas. “Las proteínas que integran la membrana celular se acoplan a las señales externas del entorno para activar la célula” (Lipton). De modo que, según esto, las semillas naturales, las que resultan de coevolucionar con el entorno, son las semillas verdaderas, no las transgénicas, artificiales.

En 1893 Gary Zukav advirtió que, dado que el universo era una máquina material, como lo había dejado establecido Newton de una vez por todas, no se necesitaban más licenciados en Física. Sólo tres años después se descubrió que incluso el átomo (lo más pequeño posible) se subdividía en partículas (electrones y otros) y que emitían energías extrañas. Hacia 1910 ya la física newtoniana perdía prepotencia.

En 1910 se estableció que la herencia (una especie de destino fatal) se daba mediante el desdoblamiento de los cromosomas. Pero a la vez se sabía que el núcleo y los genes no son el cerebro de la célula, pues ya se usaban células enucleadas que conservan sus funciones biológicas en ausencia de genes, como es el caso de alimento celular para vacunas víricas. Las arqueas y las bacterias no tienen núcleo y sin embargo heredan.

En 1944 se estableció que la herencia dependería del ADN de los cromosomas. Para 1953 Watson y Crick desentrañaron la composición molecular del ADN (adenina, timina, citosina y guanina). La “Doble hélice” era la estructura perfecta para la herencia. “El axioma de un gen, una proteína, era el principio fundamental del determinismo genético” (Lipton). Pero ahora, 2010, no quedan dudas acerca de que los mecanismos de la herencia son por lo menos dos: el ADN y los estímulos del entorno: y eso es lo que constituye la esencia de cualquier semilla ancestral o verdadera semilla.

Trabajando con genetistas que buscaban resistencia natural de plantas a enfermedades y comensales, Callahan encontró que esa resistencia estaba siempre ligada a suelos paramagnéticos, lo que nos sigue sugiriendo la influencia de energías del entorno, incluso sutiles, en los fenómenos de la herencia.

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